jueves, 29 de julio de 2010

¿Es inútil sublevarse?

"Las sublevaciones pertenecen a la historia. Pero, de una cierta manera, se le escapan. El movimiento por el cual un hombre solo, un grupo, una minoría, o un pueblo entero dice: “No obedezco más” y echa en la cara de un poder que estima injusto el riesgo de su vida –ese momento me parece irreductible. Porque ningún poder es capaz de hacerlo absolutamente imposible… Y porque el hombre que se levanta finalmente no tiene explicaciones; es necesario un desgarramiento que interrumpa el hilo de la historia, y sus largas cadenas de razones, para que un hombre pueda, “realmente”, preferir el riesgo de la muerte a la certeza de tener que obedecer. Todas las formas de libertad adquiridas o reclamadas, todos los derechos que se hacen valer, incluso a propósito de cosas aparentemente poco importantes, tienen sin duda aquí un punto último de anclaje, más sólido y más próximo que los “derechos naturales”. Si las sociedades se mantienen y viven, es decir, si los poderes no son “absolutamente absolutos”, es que, detrás de todas las aceptaciones y las coerciones, más allá de las amenazas, de las violencias, y de las persuasiones, hay la posibilidad de ese momento en el cual la vida no se canjea más, en el cual los poderes no pueden ya nada y en el cual, ante los cadalsos y las metralletas, los hombres se sublevan… Nadie está obligado a ser solidario (con el que resiste). Nadie está obligado a encontrar que esas voces confusas canten mejor que las otras y digan lo más hondo de la verdad. Basta que existan y que tengan en su contra a todo lo que se encarniza en hacerlos callar, para que haya un sentido en escucharlos y en investigar que es lo que quieren decir. ¿Cuestión de moral? Quizá. Cuestión de realidad, seguramente…”

Descargar ¿Es inútil sublevarse? Publicado en Le Monde el 11 y 12 de mayo de 1979.

lunes, 26 de julio de 2010

Según Según

El campo teórico (y práctico) es vasto como un desierto (o una inundación) vista del cielo. No hay señal alguna que nos permita ver cuál sería el lugar más conveniente para el aterrizaje…
La ontología actual a la moda está inspirada, fundamentalmente en Spinoza e, indirectamente, en la obra de Gilles Deleuze. Toda su empresa filosófica, según F., puede resumirse como un intento por invertir el platonismo. Esto significa, un intento por derribar las últimas grandes formas de trascendencia que, directa o indirectamente, tienen su denominador común en el gesto platónico de la Idea. En el siglo V AC el filósofo (y aristócrata) Platón, se encuentra frente a una polis griega que está, a sus ojos, en decadencia. Los años de esplendor de Atenas han pasado, la democracia no permite promover (buenas) formas de gobierno. Fue en el marco de un régimen democrático que Sócrates fue asesinado, los sofistas proliferan como hongos, se inventan la retórica, la gramática y la democracia. La filosofía debe buscar, para Platón, aquello que unifique, que pueda organizar la arjé, el gobierno; que lo múltiple devenga uno; hacer política es politeia, organizar la polis, asignar a cada uno su lugar, refrenar las malas pasiones y poner a cada uno en su sitio, artesano, gobernante… zapatero a tus zapatos y el filósofo se ilumina y regresa a la caverna… Bueno, así no, no? Volvamos.

Deleuze dio lugar, por ejemplo, a formas de pensamiento y acción como las de HB (que no es honestidad brutal, aunque podría serlo…) sino Hakim Bay y sus encantadoras ideas sobre las zonas temporalmente autónomas. Es decir, capsulas de sentido que se sustraigan por un rato a las codificaciones hegemónicas. Y es, de algún modo, en el marco del autonomismo que se pueden encontrar las prácticas a partir de las cuales gravitan ideas sobre micropolítica en educación. Inmediatamente, en un mundo que parece cada vez más hegeliano (sic) se alzan las voces (y las hoces) en contra de estos “devenires menores”. Hay que reconocer que a veces se lo buscan, y otras no. Veamos…

Me dicen que se trata de la potencia, la potencia en el plano de inmanencia: nada ni nadie sabe lo que puede un cuerpo. Durante mucho tiempo la filosofía intenta encontrar (a veces con el concepto de acontecimiento) aquella instancia que sobrepasa la historia, las determinaciones previas, en suma, que dan lugar a la libertad. Por ello, no habría, en rigor, ningún sistema filosófico que pudiese dar cuenta de antemano del devenir de las potencias, no hay garantías, es una apuesta. Por lo tanto no hay plan establecido, en el mejor de los casos, militancia del acontecimiento, tácticas y estrategias.

Este problema, que era también el de Sartre, en torno a la libertad parece reposicionarse en la medida que toda política o ética (como modo de ser en el mundo, como ethos, como hábito que nos constituye) ya no se asienta sobre una identidad definida, sino sobre una potencia, sobre una posibilidad disruptiva que no puede saberse de antemano, Sujeto no sujetado, sujeto no sustantivado, sujeto en constante subjetivación, constante y sonante. Esto hace, que la propia política, para autores como Rancière, se produzca allí dónde no hay mandato de antemano, donde no hay arjé o principio, donde no hay Platón que hable sin que un Diógenes le ladre… Es la democracia, entendida, como el gobierno de “no importa quién”, de los iguales, el marco en el cual se presenta la política propiamente dicha. El axioma es la igualdad, y todo lo demás viene de la acción y del pensamiento. Qué ensalada, no?



viernes, 23 de julio de 2010

Aproximación a una teoría sobre el poder

BUENOS AIRES (AFP) - Dos condenados por robo a mano armada se fugaron de una cárcel de la sureña provincia argentina de Neuquén que, por falta de personal, era vigilada desde una garita por un muñeco apodado 'Wilson', admitió el miércoles una autoridad del Servicio Penitenciario.
"Por una cuestión estratégica obviamente no lo podíamos sacar a la luz, pero ahora que se filtró, admito que tenemos un tipo maniquí, pero en ese sector funcionan las cámaras que nos permiten observar todo el movimiento del lugar", justificó el director del Servicio Penitenciario provincial, Daniel Vergés.
Los dos presos escaparon el sábado pasado tras escalar uno de los muros de la Unidad Penal Nº 11 de Neuquén frente a la mirada vigilante del guardia que estaba apostado en una garita, pero que era en realidad un muñeco puesto allí por falta de personal.
Los agentes penitenciarios apodan al muñeco 'Wilson', en alusión a la pelota que acompaña a Chuck Noland (protagonizado por Tom Hanks) en la película 'Náufrago' ('Cast Away') y bautizada así por una marca de equipamiento deportivo.
"Tenemos en una garita a 'Wilson', como el de la película 'Náufrago': hemos hecho un muñeco con una pelota y una gorra para que los presos vean una sombra y crean que están vigilados", contó al diario Río Negro un agente penitenciario que reconoció que sólo dos de las 15 garitas tienen vigilantes reales.

jueves, 22 de julio de 2010

Mesetas.net

Este texto apareció posteado en mesetas.net hace unos días, es un conjunto de ideas interesantes de gente que viene trabajando en torno a algunas ideas de filosofía política europea contemporánea (Deleuze, Foucault, Agamben, Rancière, Tiqqun, Debord, etc). En fin, esta enumeración por sí sola no significa nada, simplemente es para darle una idea al que se decida por el modesto gesto de hacer el click.

Construir colectivo (a modo de otro 'previo' a manifiesto de mesetas.net)

Entender las cosas es todo un problema.
Comunicarse entendiéndose puede suponer una 'pérdida' mayúscula. Así, rápidamente, podríamos decir que hemos vivido 'trayectorias' de demasiado entender y poco 'vivir'.
Cuando te entiendes con alguien puede querer decir que haces que todo fluya en la indiferencia del 'todo comprendido'.

Devenir manada en colectivo, politizando 'lo cotidiano', mezclándolo con lo 'no cotidiano' (deshaciendo nuestra construcción subjetiva que es directamente económica*, transformándose subjetivamente sí o sí, pues la vida de ese modo te conmina a ello, o si no se deshace todo…) es una experiencia donde encontrarse y reencontrarse, digamos que entre las formas-de-vida (tus inclinaciones, tus 'irresistibilidades')…, donde experimentar la belleza del apoyarse-en —y no comunicar—, donde existe la posibilidad de experimentar la posibilidad de —tal y como lo dice Rancière, por ejemplo: la «existencia de formas de organización de la vida material de la sociedad que se sustraen a la lógica del lucro (1), y la existencia de lugares de discusión de los intereses colectivos que se sustraen al monopolio del gobierno erudito (2)».
De dar vida a ambas cosas y poder componer todas las luchas que involucran tanto 1 como 2. Darse autonomía, respirar aire fresco, reconquistar "el campo"… etc. etc.
Todos, normalmente hemos sido fabricados como una multiplicidad-desierto, sobre el colchón 'monopolista' de los dispositivos del Imperio, sobre esa magia de sus dispositivos, ¿o es que acaso no nos hemos preguntado nunca por ejemplo acerca de la magia que supone, o el cómo es que…, con qué magia…, se dan las mismas noticias en todo el planeta? ¿O más o menos ingenuamente… no nos habremos preguntado mucho ya acerca de la magia de por ejemplo 'el dinero', que concierne a todos y a nadie, y que quizá por ello deviene dispositivo atenuante, pues así, 'gracias' a estos dispositivos: no tendré por qué discutir / devenir más con tal manada o tal otra, simplemente puedo estar unido con mi mismidad, 1 = 1, la interiorización de la trascendencia despótica en la subjetividad económica…?
Animamos desde el manifiesto de mesetas.net a construir, para no dejar de componer y componerse, y que la vida crezca por los intersticios de los conflictos y de las creaciones siempre aparentemente "precarias" en un mundo hecho de arriba abajo con "mentirijillas" muy poderosas (por ejemplo con esta).

Un más allá del bloom es posible, no sabemos cómo, toca construir.

martes, 20 de julio de 2010

Raices subjetivas del proyecto Revolucionario.

Lo que podemos decir sobre este tema es por definición eminentemente subjetivo. Está también, igualmente por definición, expuesto a todas las interpretaciones que se quiera. Si puede ayudar a alguien a ver más claramente en otro ser humano (aunque fuese en Las ilusiones y en Los errores de éste), y con ello, en sí mismo, no habrá
sido inútil decirlo.

Tengo el deseo, y siento la necesidad para vivir, de otra sociedad que la que me rodea. Como la gran mayoría de los hombres, puedo vivir en ésta y acomodarme a ella -en todo caso, vivo en ella. Tan críticamente como intento mirarme, ni mi capacidad de adaptación, ni mi asimilación de la realidad me parecen inferiores a la media sociológica.
No pido la inmortalidad, la ubicuidad, la omnisciencia. No pido que la sociedad “me dé la felicidad”; sé que no es ésta una ración que pueda ser distribuida en el Ayuntamiento o en el Consejo Obrero del barrio, y que, si esto existe, no hay otro más que yo que pueda hacérmela, a mi medida, como ya me ha sucedido y me sucederá sin duda todavía. Pero en la vida, tal como ella hecha para mí y para los demás, topo con una multitud de cosas inadmisibles; repito que no son fatales y que corresponden a la organización de la sociedad. Deseo, y pido, que antes que nada, que mi trabajo tenga algún sentido, que pueda probar para qué sirve y la manera en que está hecho, que me permita prodigarme en él realmente y hacer uso de mis facultades tanto como enriquecerme y desarrollarme, y digo que es posible, con otra organización de la sociedad para mí y para todos. Digo también que sería ya un cambio fundamental en esta dirección si se me dejase decidir, con todos los demás, lo que tengo que hacer y, con mis compañeros de trabajo, cómo hacerlo.
Deseo poder, con todos los demás, saber lo que sucede en la sociedad, controlar la extensión y la calidad de la información que me
es dada. Pido poder participar directamente en todas las decisiones sociales que pueden afectar a mi existencia, o al curso general del mundo en el que vivo. No acepto que mi suerte sea decidida, día tras día, por una gente cuyos proyectos me son hostiles, o simplemente desconocidos, y para los que nosotros no somos, yo y todos los demás, más que cifras en un plan, o peones sobre un tablero, y que, en el límite, mi vida y mi muerte estén entre las manos de unas gentes de las que sé que son necesariamente ciegas.
Sé perfectamente que la realización de otra organización social, y su vida, no serán de ningún modo simples, que se encontraran a cada paso con problemas difíciles. Pero prefiero enfrentarme a problemas reales que al delirio de un De Gaulle, a Las artimañas de un Johnson, o a las intrigas de un Jruschov. Si incluso debiésemos, yo y los demás, encontrarnos con el fracaso en esta vía, prefiero el fracaso en un intento que tiene sentido a un estado que se queda más acá incluso del fracaso.
Deseo poder encontrar al prójimo a la vez como a un semejante y como a alguien absolutamente diferente, no como a un número, ni como a una rana asomada a otro escalón (inferior o superior, poco importa) de la jerarquía de las rentas y de los poderes. Deseo poder verlo, y que me pueda ver, como a otro ser humano, que nuestras relaciones no sean terreno de la expresión de la agresividad, que nuestra competitividad se quede en los límites del juego, que nuestros conflictos, en la medida en que no pueden ser resueltos o superados, conciernan unos problemas y unas posiciones de juego reales, arrastren lo menos posible de inconciente, estén cargados lo menos posible de imaginario. Deseo que el prójimo sea libre, pues mi libertad comienza allí donde comienza la libertad del otro y que, solo, no puedo ser más que un “virtuoso en la desgracia”. No cuento con que los hombres se transformen en ángeles, ni que sus almas lleguen a ser puras como lagos de montaña -ya que, por lo demás, esta gente siempre m ha aburrido profundamente. Pero sé cuanto la cultura actual agrava y exaspera su dificultad de ser, y de ser con los demás, y veo que multiplica hasta el infinito los obstáculos a su libertad.
Sé, ciertamente, que este deseo mío no puede realizarse hoy; ni
siquiera, aunque la revolución tuviese lugar mañana, realizarse íntegramente mientras viva. Sé que, un día, vivirán unos hombres para quienes el recuerdo de los problemas que más pueden angustiarnos hoy en día, no existirá. Este es mi destino; el que debo asumir y el que asumo. Pero esto no puede reducirse ni a la desesperación ni al rumiar catatónico. Teniendo este deseo, que es el mío, no puedo más que trabajar para su realización. Y ya en la elección que hago del interés principal de mi vida, en el trabajo que le dedico, para mí lleno de sentido (incluso si me encuentro en él, y lo acepto, con el fracaso parcial, los rodeos, las tareas que no tienen sentido por sí mismas), en la participación en una colectividad de revolucionarios que intenta superar las relaciones reificadas y alienadas de la sociedad actual, estoy en disposición de realizar parcialmente este deseo. Si hubiese nacido en una sociedad comunista, quizás la felicidad me hubiese sido más fácil -no no tengo idea, qué puedo hacerle. No voy con este pretexto, a pasar mi tiempo libre mirando la televisión, o leyendo novelas policiales.

CORNELIUS CASTORIADIS
Extracto de “La Institución Imaginaria de la Sociedad” Tomo 1.
pág. 157. Tusquets Editores.

Consejismo y Organizacion de Base

En una sociedad de este tipo, existirán residuos del Estado en la medida en que no se produzca una inmediata, pura y simple administración de las cosas, y que todavía continúen algunas limitaciones a la libertad personal. No existe por más un Estado en la medida en que los cuerpos que ejercen el poder no sean otra cosa que las unidades productivas o las organizaciones locales de toda la población, que las instituciones que organizan la vida social no sean sino un aspecto de esta vida misma, y que lo que permanece de los cuerpos centrales esté bajo control directo y permanente de las organizaciones de base. Ese es el punto de partida.
El desarrollo social no puede sino traer una rápida reducción de los aspectos centralizadores de la organización social: las razones para ejercer limitaciones desaparecen gradualmente y se ensanchan los caminos de la libertad personal (es necesario aclarar que no nos referimos aquí a las libertades democráticas formales que una sociedad socialista aumentaría inmediata y vanamente, sino a las libertades esenciales: no solo el derecho a la vida sino el derecho de hacer con su vida lo que uno quiera)
Liberada de todos los maquiavelismos y mistificaciones que corrientemente le rodean, la política en tal sociedad no es sino la discusión colectiva y la resolución de los problemas concernientes al futuro de la sociedad, ya sean económicos, de educación o sexuales, ya traten de todo el mundo o de las relaciones internas entre grupos sociales. La estructura democrática del poder en una sociedad socialista excluye la posibilidad de un partido que este en el poder. Estas palabras no tienen sentido en el interior del marco que hemos descrito.

Paúl Cardan, Los consejos obreros y la economía en una sociedad autogestionaria.

jueves, 15 de julio de 2010

Una opinión para los post humanos

“Y estos ojos de quién son/ de quién son mis deseos de hoy/ y este insomnio de quién es/ Luzbelito pregunta una y otra vez”

Hace poco salió una película, El imaginario del Dr. Parnasus, de Terry Gilliam. El Dr. Parnasus es un ser más o menos sobrenatural que tiene un trailer desvencijado, como un carro de feria. A través de un espejo situado en el centro del diminuto escenario, se puede entrar en la imaginación del Doc, que es en realidad una materialización de la imaginación del visitante. La idea de la película es que uno toma decisiones a partir de lo que imagina que las cosas pueden ser, el Dr. Parnasus nos ubica en el punto crítico en el que debemos escoger entre dos imágenes posible del mundo, es decir, en dos modalidades posibles de nosotros mismos. Como en todo fabula, la opción es dual, la buena y la otra. El Doctor triunfa cuando elegimos el buen camino y es derrotado por el diablo (que no es tan malo como dicen) cuando elegimos el camino aparentemente fácil y a la larga desfavorable. Según la peli, no podemos eludir la elección, puesta en práctica en el marco de nuestro imaginario, bajo ningún aspecto, es un absoluto (maravilloso o siniestro).
A mi se me hace muy difícil en general formar una opinión, asisto sorprendido a la miríada de blogs, facebuks y etcétera que pueblan la red de comentarios acerca de cómo deberían ser las cosas. Me digo: qué imaginaciones precisas, informadas, seguras. Me acuso de timorato, tibio o indiferente. En tiempos en que la historia no espera, el escepticismo parece el refugio lánguido y elegante de los inactivos. A riesgo de parecer reaccionario, me resulta horrorosa la liviandad desde la cual se arman grupos y se construyen perfiles más o menos estandarizados. Pienso en Sartre, en la vieja pregunta acerca de quién habla cuando te hablo ahora a vos, quién imagina la noche perfecta o el mundo mejor cuando sacudo mi cerebro como un huracán.
Algo interesante de la película sea tal vez el hecho de hacer pensar sobre los elementos que constituyen nuestra imaginación. La imaginación ya no puede ser la dimensión de nosotros mismos, impoluta y fascinante, que preservamos para que asuma el poder. Porque el poder es ya imaginación, o, porque de lograr nuestro cometido, nos daríamos cuenta de que en el fondo no es tan fácil y no estamos tan ciertos de que nuestros sueñan sean tan distintos de las cosas que creemos detestar. El problema de la relación entre imaginación, opinión y política puede parecer una inofensiva preocupación esteticista, pero también se sumerge de lleno en el problema acerca de las formas en las que opera sobre la facultad (supuestamente más singular de nosotros) el dispositivo social que naturaliza y restringe el sentido de las cosas.
La única opinión significativa es la de la palabra que nos involucra, en la que podemos perder algo, en la que nos jugamos, al menos, nuestra propia imagen. La pseudo clandestinidad del cogito virtual nos pone en un lugar privilegiado en cuanto a la cantidad de información a la que podemos acceder, pero a veces esa misma sobreabundancia parece hacer imposible la adopción de un punto de vista, o nos relega a la reproducción indefinida de esquemas preconcebidos, que alimentan nuestro perfil (o nuestra imagen del yo, que es lo mismo).
Nos resulta mucho más fácil imaginar el fin del mundo, o la llegada de extraterrestres, que una forma de vida más o menos interesante. ¿Qué hay más allá (o más acá) de la actitud crítica y perdonavidas del que habla desde el púlpito invocando a las musas de la indignidad, la corrupción o el hartazgo?
Sí, mis opiniones son aburridas y estereotipadas, más comunes que la injusticia, ninguna puede desactivar el juego de espejos cotidiano ni crear una imagen que le preste a otro un retazo del mundo tal vez aún no del todo entrevisto. Entonces me acerco a aquellos que, por convicción o desesperación, se arrojan al discurso sin temor al balbuceo, que cuentan algo y miran fijo poniendo todo su esfuerzo en compartir sus visiones. Andan dando vueltas por ahí, los pensamientos, ridículos o estrafalarios, pretenciosos e incluso anacrónicos, los que inventan palabras o usan las viejas con otros motores, los que los ponen a funcionar delante de sí mismo y de los otros, incluso aunque le explote a todos en la cara.





Este texto saldrá en el número dos de la revista Post humanario, el primero se puede descargar acá.